COMENTARIO

 Lv 20,7-21 

Como el Señor es el Santo, también lo debe ser todo aquel que pertenece al pueblo elegido. Se concreta aquí cómo la santidad está en cumplir sus mandamientos. El modo de vivir del pueblo de Dios debía superar al de los demás pueblos por una moral más perfecta. En el mismo sentido, aunque de modo más claro y directo, se pronuncia Jesucristo al decir que si le amamos cumpliremos sus mandamientos (cfr Jn 14,15). Por tanto, quien guarda sus preceptos permanece en su amor, lo mismo que Cristo guarda los preceptos del Padre y permanece en su amor (cfr Jn 15,10).

Se insiste en el amor a los padres (cfr Ex 21,17; Dt 27,16; Si 3,11-16; Pr 19,26; etc.). Jesús citará este pasaje para recordar la importancia del precepto, en contra de algunos fariseos que habían desfigurado su cumplimiento con las tradiciones que fueron añadiendo (cfr Mt 15,4-7).

En muchos textos de la Biblia, «prójimo» (v. 10) indica al que pertenece al propio pueblo de Israel.

La prohibición del v. 21 la esgrime San Juan Bautista contra Herodes Antipas, a quien le dice con claridad y valentía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano (cfr Mt 14,4; Mc 6,18).

Las penas impuestas por los diversos pecados nos pueden parecer hoy desmesuradas y terribles. Sin embargo, no lo eran en comparación con las costumbres y leyes de la época, mucho más graves, como se deduce, por ejemplo, del Código de Hammurabi. Hay que tener en cuenta también el carácter disuasorio de estas penas, encaminadas a evitar aquellos delitos, tan frecuentes en los pueblos de la antigüedad.

No tener hijos (vv. 20-21) era considerado un castigo, ya que la fecundidad era estimada como un bien concedido por Dios (cfr Sal 127).

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