COMENTARIO
Dentro de la sección de la Ley o Código de Santidad, los caps. 21-22 están dedicados a la santidad de los sacerdotes (cap. 21) y a la de los sacrificios (cap. 22). Una vez más se observa cómo la mayor cercanía a Dios supone mayor exigencia de pureza y santidad. Entre los sacerdotes se distingue al Sumo Sacerdote al que se le exige más aún.
El Sumo Sacerdote no podrá participar con señales de duelo, ni siquiera en el sepelio de sus padres. El andar desgreñado y con las vestiduras rotas se refiere a los ritos mortuorios. También el permanecer en el Santuario hace referencia a no mezclarse en los ritos funerarios. En cuanto al matrimonio, la mujer elegida tenía que ser virgen. En esta disposición hay una clara estima de la virginidad, también en el Antiguo Testamento. Se reconoce, pues, de algún modo el carácter sagrado de la virginidad, preludio de ser «en el cielo como ángeles», de que habla Jesucristo en el Evangelio (cfr Mt 19,12 y 22,30).
Por último, se dan normas que denotan el respeto y preocupación por el culto divino, cuya dignidad y decoro exigían, y exigen, unas disposiciones, incluso externas, en aquellos que lo celebran. Tales disposiciones no pueden tomarse como desprecio hacia los disminuidos físicos, sino sólo como expresión de ofrecer lo mejor a Dios, en todos los sentidos. Prueba de la estima por los hijos de Leví que tuvieran alguna tara física, está el hecho de que podían participar de todos los beneficios de los demás.