COMENTARIO
El número siete tiene en la Biblia carácter sagrado, simbolizando en cierto modo la perfección de Dios. Por eso el séptimo mes, lo mismo que el año séptimo, tiene especial significado en Israel. Así, en el mes séptimo (en hebreo Tisré) se celebraban tres fiestas. La primera es la Fiesta de las Trompetas, que tiene lugar el día séptimo. Se iniciaba a son de trompetas y de ahí su nombre. También se usaban las trompetas para anunciar la aparición de la luna nueva. Es probable que estos detalles muestren residuos de ciertos cultos astrales; sin embargo, como elementos litúrgicos, se purifican y se elevan, sirviendo para manifestar en diversos momentos y de diferentes maneras el profundo sentido de acatamiento al Creador de cielos y tierra.
En este mismo mes, el día décimo, se celebraba el Día de la Expiación, el llamado Yôm Kippur. Era día de penitencia y de ayuno. Comenzaba al atardecer del día noveno, con el descanso sabático. Por las graves penas impuestas a los transgresores, podemos deducir la importancia que este día tuvo, y tiene aún hoy, en la liturgia judía.
La otra gran fiesta es la de los Tabernáculos, celebrada durante siete días, comenzando el quince de este mes de Tisrí. En el Código de la Alianza se la llama la Fiesta de la Recolección (cfr Ex 23,16). En efecto, los últimos frutos se recogían por estas fechas, en especial los de la vendimia. Venía a ser como el cierre del año agrícola. Era una fiesta de gran alegría. Se la consideraba también como preparación para la nueva etapa que comenzaría en seguida con las primeras siembras. Para ello se imploraban las lluvias tempranas, tan importantes para iniciar esa tarea. De ahí que el rito del agua predominara sobre los demás. El agua era llevada procesionalmente desde la piscina de Siloé para derramarla luego alrededor del altar del Templo. En tiempos de Jesucristo se tomaba un ramo hecho con mirto y sauce, árboles que nacen a orillas del agua, que se agitaba durante la procesión, invocando de esa forma la bendición divina de las lluvias. También se vio en ello un símbolo del poder divino. En tiempos de Esdras y Nehemías, mediados del siglo V a.C., se construían cabañas con ramas de árboles en las terrazas de las casas o en el campo, viviendo en ellas durante los días de la fiesta; de esta forma se recordaba el peregrinar en tiendas por el desierto. Es una costumbre que todavía hoy pervive entre los judíos.
El Evangelio de San Juan habla extensamente de esta fiesta y de la actividad de Jesús en torno a ella (cfr Jn 7,2ss.), y de las importantes revelaciones que el Señor hizo con motivo de sus ritos. En efecto, es en esta fiesta cuando anuncia que de su pecho brotarán ríos de aguas vivas, refiriéndose al «Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él» (Jn 7,39).