COMENTARIO

 Lv 26,12 

A lo largo de la Biblia se da un crescendo que va de la perspectiva de los bienes y circunstancias de esta tierra a los de la bienaventuranza eterna. En este versículo aparece una vez más tal elevación progresiva. En su magna obra La ciudad de Dios, San Agustín, precisamente con ocasión de este versículo, se expresa así: «Allí [en la vida eterna] reinará la verdadera paz, donde nadie experimentará oposición ni de sí mismo ni de otros. La recompensa de la virtud será Dios mismo, que ha dado la virtud y se prometió a ella como la recompensa mejor y más grande que puede existir: “Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”. (…) Éste es también el sentido de las palabras del apóstol: “para que Dios sea todo en todos” (1 Co 15,28). Él será el fin de nuestros deseos, a quien contemplaremos sin fin, amaremos sin saciedad, alabaremos sin cansancio. Y este don, este amor, esta ocupación serán ciertamente, como la vida eterna, comunes a todos» (De civitate Dei 22,30).

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