COMENTARIO

 Nm 1,2-46 

Dios ordena el censo del pueblo como señal de que le pertenece a Él. Se hace un recuento de los varones útiles para la guerra. Sin embargo, en el contexto del Pentateuco a este censo militar se le reconoce un valor religioso, puesto que el pueblo es considerado como el ejército del Señor (cfr Ex 7,4). Ya en Ex 38,25-26 se tuvo en cuenta el resultado total de este censo a la hora de calcular la aportación con la que cada uno debía contribuir para la construcción del Tabernáculo.

Las cifras de los censados reflejan el recuerdo de la importancia de cada tribu. Entre ellas sobresale, como más numerosa, la de Judá. En la redacción definitiva del Pentateuco tiene su importancia el situar este censo cuando el pueblo peregrina por el desierto camino de la tierra prometida. El elevado número asignado al conjunto indica que, de las dos promesas que el Señor había hecho a Jacob —posesión de la Tierra y una descendencia numerosa (cfr Gn 28,13-14)— ya se había cumplido la segunda, y se acercaba el momento en que se realizaría la primera.

El lector judío de este pasaje puede admirar en él la unidad y diversidad del pueblo elegido, al tiempo que sentirse identificado en alguno de esos grupos, según sus tradiciones familiares.

El lector cristiano ve en aquel pueblo de las doce tribus una prefiguración de la Iglesia que, fundada por Jesucristo sobre los doce Apóstoles (cfr Mt 19,28), es el nuevo pueblo de Dios. Bajo esta consideración, ni la Iglesia, ni el cristiano, se sienten ajenos a aquel pueblo, cuyo censo en el desierto anuncia el «censo» simbólico de los salvados por la sangre de Cristo (cfr Ap 7,5-8).

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