COMENTARIO

 Nm 2,1-34 

El pueblo es descrito en formación alrededor del Tabernáculo como un pueblo santo, en perfecto orden, acampando y avanzando a través del desierto, unido a su Señor. La disposición de las doce tribus, tanto cuando están acampados como en orden de marcha, tiene la figura de un cuadrado. Cada uno de sus lados lo forman tres tribus, y en el centro se sitúan los levitas rodeando la Tienda. Una representación similar hará de Jerusalén el profeta Ezequiel (cfr Ez 48,30-35), y de la Jerusalén celeste el libro del Apocalipsis (cfr Ap 21,12-13). El texto encierra una enseñanza fundamental: Dios está continuamente presente en medio de su pueblo y habita en medio de él.

San Juan, en el prólogo de su Evangelio, dice: «Y el Verbo se hizo carne y habitó (literalmente, “acampó”) entre nosotros» (Jn 1,14). Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre, lleva a su plenitud lo que apenas se insinúa en este texto: que «el Dios de nuestra fe no es un ser lejano, que contempla indiferente la suerte de los hombres: sus afanes, sus luchas, sus angustias. Es un Padre que ama a sus hijos hasta el extremo de enviar al Verbo» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 84).

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