COMENTARIO

 Nm 3,2-4 

Estos versículos vienen a ser un reflejo de la asignación del sacerdocio legítimo a la familia de Eleazar, de la que sería descendiente Sadoc —sacerdote cuyo linaje ostentó en exclusiva el ejercicio del sacerdocio en el Templo de Jerusalén hasta la época del destierro—, y a la familia de Itamar, de la que descenderá Abiatar —sacerdote contemporáneo de Sadoc (cfr 2 S 8,17), cuyo linaje compartió el ejercicio del sacerdocio con los sadoquitas después del destierro (cfr 1 Cro 24,1-6).

El sacerdocio en el antiguo Israel, como otros oficios, era hereditario. La expresión «llenar la mano» (cfr v. 3) es una fórmula muy primitiva para designar la investidura de alguien como sacerdote. Según parece, sólo en época muy tardía, tras el destierro, se practicó el rito de la unción con el significado de preparación para ejercer unas funciones sagradas (cfr Ex 40,12-15). Originariamente sólo se ungía al rey, y, al transferirse este rito al sacerdote, no solamente se acentúa su carácter de persona sagrada, sino que se prepara el camino para comprender que el Ungido por antonomasia, el Mesías, será también verdadero y único sacerdote.

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