COMENTARIO
Comienza la primera sección normativa del libro. Ésta es la primera de una serie de disposiciones acerca de la pureza ritual de los integrantes del campamento. La lección que se trasmite es clara: en donde está Dios todo ha de ser puro. Como Dios habita en medio del campamento es necesario velar por la santidad del mismo. Por lo tanto, cualquier pecado o impureza —aunque sea solamente externa— ha de desaparecer.
En aquella época se consideraba rechazable al leproso (cfr Lv 13), al que padecía flujo seminal (cfr Lv 15,1-18) y al que había tocado un cadáver (cfr Lv 21,1; Nm 19,11-16), probablemente por el peligro de contagio que comportaba.
La norma acerca de la expulsión de los impuros —como muchas otras del Pentateuco— tuvo una vigencia transitoria. Jesucristo, que llevó la Ley a su perfección, acogió y limpió a los leprosos (cfr Mc 1,40-42), enseñó que sólo manchan al hombre los malos pensamientos o deseos que brotan de su corazón (cfr Mt 15,18-19), y se acercó lleno de compasión a los difuntos (cfr Mt 9,25; Lc 7,14). Con todo, la enseñanza que subyace en esta normativa, es decir, la necesidad de la pureza para acercarse al Señor, seguirá teniendo un valor permanente (cfr Mt 5,8).