COMENTARIO
La pureza del pueblo exige también la fidelidad conyugal. El adulterio es un delito muy grave (cfr nota a Ex 20,14); si se probaba, los culpables eran condenados a muerte (cfr Lv 20,10). Para el caso en que el marido tuviera una duda razonable acerca de la fidelidad de su mujer, pero no se pudiera demostrar su culpabilidad, se establece este rito peculiar. Las ceremonias que se prescriben recuerdan a las ordalías o juicios mágicos en los que se buscaba poner de manifiesto la culpabilidad o inocencia de un sospechoso contra el que no hay pruebas claras. En contraste con la crueldad de tales ritos en los pueblos vecinos a Israel, en los que se arrojaba a la mujer a un río, este rito es relativamente benigno para la mujer sospechosa. Además de escuchar las terribles fórmulas de imprecación en las que se pide a Dios que la haga estéril para siempre si ha sido infiel, sólo se la obliga a beber agua mezclada con un poco de polvo y las raspaduras de un escrito.