COMENTARIO

 Nm 8,5-22 

La ceremonia de dedicación de los levitas tiene muchos puntos de contacto con la de los sacerdotes (cfr Lv 8), con la diferencia de que éstos eran consagrados (cfr Lv 8,12), mientras que los levitas solamente purificados (v. 6). Los levitas gozaban de gran estima. Leví es hijo de Lía, lo mismo que Judá y Simeón. En el episodio del becerro de oro, los levitas permanecieron fieles a Moisés frente a los idólatras (cfr Ex 32,25-29). Eran colaboradores de los sacerdotes, pero ejercían las funciones secundarias del Templo (cfr Nm 3,6-9 y Ez 44,11-31). Tenían, por ello, un puesto de consideración dentro del pueblo: no se incluían en el censo con las otras tribus (cfr Nm 1,47-49; 4,1-49) y no se les asignó un territorio en el reparto de las tierras (cfr Jos 14,3-4), sino que recibían como ingresos los diezmos del resto de las tribus (cfr Nm 18,21-24). Por su dedicación al servicio del Señor, debían procurar una esmerada pureza ritual, como lo manifiesta esta minuciosa ceremonia. El agua de expiación (literalmente «agua del pecado») (v. 7) era, posiblemente, un tipo de agua lustral, o de purificación de personas u objetos, semejante a aquella cuya preparación se describe en 19,1-10. Probablemente había varios modos de preparar el agua, según el tipo de ablución (cfr 31,23) y según las personas que tenían obligación de hacerlas. Las detalladas prescripciones acerca de la purificación de los levitas antes de incorporarse a desempeñar sus tareas en el culto a Dios, han sido tema de meditación en la Iglesia para considerar la purificación necesaria en un culto en el que ya no hay sombras y figuras, sino que la víctima es el mismo Cristo. «¿Qué pureza no deberá tener el que ofrece tan gran sacrificio? —pregunta San Juan Crisóstomo— ¿No deberá tener la mano que parte esta carne un esplendor más brillante que el del sol? ¿Cómo deberá ser la boca que se llena de ese fuego espiritual, la lengua que se enrojece con tan preciosa sangre?» (Homiliae in Matthaeum 82,5).

La imposición de manos indicaba que la ofrenda que se entregaba a Dios, era propiedad del oferente: los hijos de Israel transferían a Dios la propiedad de los levitas (v. 10), del mismo modo que éstos hacían con los novillos del sacrificio (v. 12).

«Aarón balanceará a los levitas como ofrenda balanceada ante el Señor» (vv. 11.13.15). La ofrenda balanceada era la que, una vez presentada ante el Señor, quedaba en posesión de los sacerdotes (cfr Ex 29,24-28). En este caso es probable que no se realizaran los mismos ritos de balanceo que se hacían con los vegetales o animales ofrecidos. En cualquier caso con este rito se indicaba que los levitas estarían siempre al servicio de los sacerdotes. Quedaba así de manifiesto que eran la donación que todo Israel hacía al Señor en lugar de los primogénitos (v. 18; cfr 3,12-13).

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