COMENTARIO
La nube que de noche parecía de fuego y que acompaña a los israelitas por el desierto, simboliza la presencia protectora del Señor y, a la vez, la transcendencia divina. Los hijos de Israel estaban seguros de que la protección constante de Dios era más importante que el resguardarles del calor tórrido del desierto. Por otra parte, la nube es una señal del Ser Supremo, cuyo rostro nadie puede ver cara a cara en la tierra.
Se observa así cómo la Sagrada Escritura muestra que Dios se sirve en ocasiones de realidades sensibles ordinarias como signos manifestativos de intervenciones sobrenaturales invisibles: la nube que protege del sol manifiesta la presencia de Dios en medio de su pueblo, su guía providente y la protección que le dispensa. El pueblo de Dios no camina solo ni vaga, porque Dios le acompaña y lo guía.
Al simbolismo de la nube parece aludir el arcángel San Gabriel cuando anuncia a María que por obra de Dios será madre del Mesías: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo, será llamado Hijo de Dios» (Lc 1,35). En la persona de Jesús se puede contemplar la plenitud del signo, ya dicho, del Tabernáculo: es el Verbo que establece su morada entre los hombres (cfr Jn 1,14). Al igual que el pueblo de Israel, la Iglesia no peregrina sola: cuenta con la presencia de Dios en medio de ella que la protege y la orienta en su peregrinar terreno.