COMENTARIO
La murmuración de los hermanos de Moisés comienza con el tema del matrimonio de éste con una extranjera. Aunque el texto hebreo dice «cusita», que significa «de Etiopía», comparando con Ha 3,7 que habla de Cusán en relación con los madianitas, tal vez podamos entender que se refiere a Séfora (cfr Ex 2,16-21). En cualquier caso, la murmuración de María y de Aarón se dirige contra algo más esencial: la autoridad única de Moisés como interlocutor entre Dios y el pueblo. En contra de tal autoridad aducen sus propias actividades proféticas que, al contrario de Moisés, no las entienden con actitud humilde como un carisma al servicio del pueblo, sino como un privilegio del que quieren beneficiarse. Este rasgo negativo de la conducta de Aarón, unido a lo que de él se cuenta en Ex 32, parece indicar que los recuerdos sobre su figura no siempre fueron tan positivos como podría parecer a primera vista.
El pasaje viene a mostrar el carácter único de la personalidad de Moisés entre todos los grandes personajes de la historia de Israel. Él era el que más confiaba en el Señor —tal es el significado de la palabra hebrea anaw que hemos traducido por «humilde»—. Esta confianza era la que le llevaba a ser el más paciente. Por eso Dios sale en su defensa. La severidad del castigo, así como la rapidez en la curación de María por la intercesión de Moisés, resaltan la grandeza de éste. Grandeza que le viene, sobre todo, porque a él le hablaba Dios directamente, y no mediante visiones o sueños como a los profetas. Por eso Moisés es mayor que los profetas. Según el texto hebreo Moisés contemplaba la «figura» o la «imagen» del Señor; pero ya la traducción griega, teniendo sin duda presente el carácter espiritual de Dios y su trascendencia, dice que Moisés contemplaba «la gloria del Señor». En ese mismo sentido afirmará San Juan que «a Dios nunca le ha visto nadie» (Jn 1,18), para resaltar a continuación que únicamente Jesucristo, el Hijo de Dios y verdadero Dios, ha podido revelarnos toda la verdad acerca del Él.
Sin embargo, el carácter espiritual y trascendente de Dios no impide que se pueda entablar con Él un diálogo abierto y confiado mediante la oración. «La oración de Moisés es típica de la oración contemplativa gracias a la cual el servidor de Dios es fiel a su misión. Moisés “habla” con Dios frecuentemente y durante largo rato, subiendo a la montaña para escucharle e implorarle, bajando hacia el pueblo para transmitirle las palabras de su Dios y guiarlo. “Él es de toda confianza en mi casa; boca a boca hablo con él, abiertamente” (Nm 12,7-8), porque “Moisés era un hombre humilde más que hombre alguno sobre la haz de la tierra” (Nm 12,3)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2576).