COMENTARIO
El testimonio de los exploradores confirma, efectivamente, lo que Dios había prometido sobre la excelencia de la Tierra (cfr Ex 3,8). Al resaltar el poder de los pueblos que la ocupan, por una parte se está aludiendo al poder de Dios y a su amor hacia el pueblo, ya que Él sería quien los iba a arrojar de allí (cfr Dt 7,1); y, por otra parte, se prepara el argumento de la protesta del pueblo que se va a narrar a continuación.
Los descendientes de Anac son los gigantes que, según la tradición israelita, poblaban la zona sur de Canaán, y de cuyo origen se da una explicación en Gn 6,1-4.
Los amalecitas eran seminómadas que se movían al sur del Négueb, y con los que lucharon los israelitas en más de una ocasión (cfr Ex 17,8-16). Los hititas habían sido un gran imperio en el siglo XIV a.C., y los amorreos fueron los ocupantes de los valles del Tigris y el Éufrates. Los jebuseos fueron los anteriores pobladores de Jerusalén. La distribución de esos pueblos en la Tierra está simplificada recogiendo datos de carácter genérico.