COMENTARIO
En esta sección se entremezclan la rebelión de los levitas, capitaneados por Coré, y la de los rubenitas, laicos, encabezados por Datán y Abiram. La lección que dejará el relato quedará imborrable en el pueblo de Israel: sólo quienes siguen con docilidad el querer de Dios podrán proseguir el camino que conduce a la tierra prometida. Con ello queda sentado que Moisés detenta la función preeminente de guiar al pueblo en nombre de Dios, que los sacerdotes tienen encomendada la prerrogativa del culto y que los levitas ejercen las funciones secundarias de la liturgia al servicio de los sacerdotes.
La queja de los levitas parece ser doble: por una parte, contra Moisés y Aarón que tienen el privilegio de acercarse al Santuario (v. 3), a pesar de que toda la asamblea de Israel está igualmente santificada con la presencia de Dios (cfr Ex 19,16); y por otra, contra los sacerdotes que ejercen unas funciones a las que ellos se sienten con derecho (v. 10). El hecho de que fueran «doscientos cincuenta hombres» (v. 2) de entre los principales de la asamblea y de entre hombres distinguidos, muestra la gravedad del caso. Todos ellos recibirán el mismo castigo (16,35).
Moisés reivindica su misión por haber sido elegido y les propone que ofrezcan incienso (v. 7; cfr vv. 17-19). La ofrenda del incienso se consideraba exclusiva de los sacerdotes; por tanto, la propuesta es audaz, al transferir a Dios mismo la decisión de aceptarles o rechazarles como sacerdotes. El desenlace es negativo (v. 35).
El motín de los rubenitas está relatado con todos los agravantes: ni siquiera acceden a la convocatoria que les hace Moisés (v. 12); aplican a Egipto la expresión «tierra que mana leche y miel», propia de la tierra prometida (v. 13); rechazan la esperanza de obtener la heredad de campos y viñas (v. 14). Se oponían frontalmente, por tanto, al liderazgo de Moisés. El castigo es severo: ni siquiera puede impedirlo la intercesión de Moisés (v. 22), como no pudo impedir Abrahán la destrucción de Sodoma (cfr Gn 18,16-33); alcanza a la familia y las posesiones de los cabecillas (vv. 26.32), y no consiste sólo en la muerte, sino en la aniquilación (vv. 31-32). Se pone así de relieve la enseñanza del relato: si la pena impuesta es tan enorme es debido a que la rebelión contra los planes de Dios constituye el delito más grave.
«Dios de los espíritus de toda carne» (v. 22) es una perífrasis que aparece sólo aquí y en 27,16, y que expresa gráficamente que Dios es el único que tiene poder sobre la vida (espíritu) de todo hombre (carne). Es decir, es Creador y Providente.
El conjunto del capítulo enseña que Dios elige a quienes quiere, y encomienda a cada persona las funciones que debe desempeñar. Cada uno ha de ser fiel en su puesto. Sin embargo, el afán de poder o de protagonismo pueden llevar a algunos a reivindicar el derecho a puestos a los que no han sido llamados. Estas rebeliones contra el orden establecido por Dios son muy graves, y por eso el texto sagrado muestra que son castigadas con extraordinaria severidad.