COMENTARIO
Con el prodigio de la vara florecida se da pleno relieve a la preeminencia de la tribu de Aarón sobre todas las demás. Pero no florece porque sea de más valía, puesto que todas las varas son iguales (vv. 17-18), sino porque Dios la ha elegido por pura benevolencia; la producción de flores y frutos es símbolo de vitalidad y de bendición divina (cfr Gn 1,11.22.28).
El relato es un bello paradigma de la vocación divina, y así un antiguo escrito apócrifo cuenta que, como la de Aarón, también la vara de San José floreció (Protoevangelio de Santiago 9). Así ha pasado a la piedad cristiana, plasmada en las imágenes del Santo Patriarca. En la tradición de la Iglesia se ha aplicado también a la Virgen. «La vara ni plantada ni regada germina, florece, da fruto y, según dijo el Profeta, sale de la raíz de Jesé y produce una flor sobre la que descansa el espíritu septiforme del Señor. ¿Quién es, pues, esa vara sino la Virgen Regia de la estirpe de David, que, según la fe evangélica, sin concurso de varón nos dio a Cristo, verdadera flor y gloria del género humano, en quien habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad?» (Ruperto de Deutz, Commentarium in Numeros 2,4).