COMENTARIO

 Nm 19,11-16 

El contacto con un cadáver se consideraba como causa de una impureza importante, y requería dos abluciones con el agua lustral antes de entrar en el santuario (vv. 12-13). Al nazareo (cfr 6,9-11) y al sacerdote (Lv 21,1-4) se les prohibía tocar a un muerto, y el sumo sacerdote no podía acercarse ni siquiera al cadáver de su propio padre (cfr Lv 21,11). Esta normativa refleja el profundo respeto que entonces tenían a todo lo relacionado con la vida y con la muerte; ambas provienen de Dios, pero Él es el único autor de la vida. Por tanto, aun los que por obligación o por piedad familiar han tocado un cadáver, deben purificarse con esmero antes de acercarse al culto de Dios. Es probable que en el trasfondo hubiera un especial cuidado para evitar el contagio de enfermedades; incluso puede suponerse que los hebreos, como otros pueblos de la antigüedad, consideraran evitar todo aquello que estuviera en relación con los muertos como un tabú. Pero, por encima de todo ello, las disposiciones bíblicas, más que a los efectos que puede ocasionar el contacto con un cadáver, miran a la excelencia del culto, que exige limpiarse de todo lo que los hombres sencillos consideran contaminación, aunque científicamente no lo sea.

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