COMENTARIO
Cuando los enviados a explorar la tierra de Canaán regresaron de su expedición, el pueblo de Israel se encontraba en el desierto de Parán, en Cadés (cfr 13,26). El desierto de Sin, del que se habla ahora, distinto del que con un nombre muy parecido se menciona en Ex 16,1 y 17,1, constituye la franja noroeste del de Parán, a donde la nube había conducido a los israelitas desde el Sinaí (cfr 10,12). Cadés no es propiamente una ciudad, sino una zona de frondosos oasis. Es un punto importante de referencia en las etapas del pueblo de Israel hacia la tierra de Canaán. A Cadés llegan desde el Sinaí, y de allí partieron hacia las llanuras de Moab (cfr 22,1). En Cadés termina la andadura por el desierto (cfr caps. 33-38) y comienza la tierra habitada con cuyas gentes entran en contacto los israelitas.
En su caminar, el pueblo encontrará dificultades, tanto externas como internas; pero no se detendrá en su avance hacia la tierra de promisión, porque es Dios quien le guía y le ayuda. En este sentido, aquel pueblo peregrinante es figura de la Iglesia, pues «así como el pueblo de Israel según la carne, el peregrino del desierto, es llamado alguna vez Iglesia (cfr Nm 20,4; etc.), así el nuevo Israel que va avanzando en este mundo hacia la ciudad futura y permanente (cfr Hb 13,14) se llama Iglesia de Cristo (cfr Mt 16,18), porque Él la adquirió con su sangre (cfr Hch 20,28), la llenó de su Espíritu y la proveyó de medios aptos para una unión visible y social» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 9).