COMENTARIO

 Nm 22,1-24,25 

La narración de la estancia en Moab comienza con los oráculos de Balaam, en los que se pone de relieve el futuro glorioso de Israel. De ahí la amplitud redaccional que se da a tal historia y su relevancia a lo largo de la Biblia.

En la historia de Balaam subyace el reconocimiento gozoso de la predilección de Dios por su pueblo. La iniciativa divina se resalta por la elección de un adivino, que no es israelita, y por el impulso que le lleva a Balaam a pronunciar unos oráculos que, en contra de lo que se esperaba de él, son cada vez más favorables a Israel.

La figura de Balaam representa a la clase de adivinos y lanzadores de maldiciones famosos en Mesopotamia, a donde, según el relato, van a contratarle los emisarios del rey de Moab (cfr 22,5). Resulta, no obstante, sorprendente que conozca al Dios de Israel, Yahwéh, y hable con Él. Sin embargo, este detalle viene a resaltar, sencillamente, que el Dios de Israel domina también sobre los magos paganos, e incluso puede servirse de ellos para anunciar sus designios. Además, el conjunto de la historia de Balaam viene a mostrar que Dios salva a su pueblo, tanto de los ejércitos armados, como hemos visto antes, como de los poderes oscuros de la magia.

Lo más importante del pasaje son los cuatro oráculos proféticos pronunciados por Balaam, en los que el destino glorioso de Israel se une a la especial protección de Dios sobre el pueblo, y en los que se vislumbra la figura del Rey Mesías. Estos oráculos en forma poética pudieron pertenecer originariamente a una antigua colección de oráculos contra Moab, conforme a un estilo literario desarrollado más tarde por los profetas.

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