COMENTARIO

 Nm 31,1-54 

Este capítulo continúa la narración del cap. 25, que se había interrumpido precisamente para presentar el censo militar del pueblo, la elección de Josué y las normas de culto, reflejo de la santidad de Israel. Ahora se trata de erradicar, siguiendo el mandato de Dios, lo que constituía ocasión de pecado para el pueblo.

El texto sagrado, sobre la base de antiguos recuerdos de carácter épico, habla de la normativa sobre la guerra santa y el reparto del botín, delimitando lo que corresponde a los sacerdotes. El pasaje recoge sin duda la victoria de algún grupo hebreo sobre los madianitas, enemigos declarados de Israel durante la conquista de la Tierra (cfr Jc 6-8); se le da así el carácter de guerra santa, es decir, de guerra ordenada por Dios para aniquilar a Madián. De ahí que sólo puedan quedar con vida las jóvenes aún vírgenes, pues se garantizaba de este modo que no hubiese descendencia de Madián. A diferencia del anatema que aparece en 21,1-3, aquí parte del botín se reserva, tras ser purificado, al santuario, y otra parte se distribuye entre los combatientes, la comunidad y los sacerdotes.

El concepto de guerra santa, tal como se encuentra en este pasaje y en otros lugares de la Biblia, parte de la idea de que aquellos contra los que se lucha son enemigos de Dios y obstructores de sus planes. De ahí que la guerra sea entendida como el llevar a cabo un decreto divino, y que el resultado final sea la aniquilación del enemigo, como expresión de la fuerza de la ira de Dios. Esta interpretación de la guerra, que daba dimensión religiosa a una realidad existente de hecho, irá siendo corregida por la revelación posterior, hasta el punto de que en el Nuevo Testamento pierde completamente aquella significación: se habla de guerra, pero no contra los hombres, todos ellos hijos del mismo Padre, sino contra el pecado y el mal. A la luz de esta enseñanza, la Iglesia considera la guerra como fruto del pecado, y el Concilio Vaticano II, «después de condenar la crueldad de la guerra, pretende hacer un ardiente llamamiento a los cristianos para que con el auxilio de Cristo, autor de la paz, cooperen con todos los hombres a cimentar la paz en la justicia y el amor, y a aportar los medios de la paz» (Gaudium et spes, n. 77).

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