COMENTARIO
El hagiógrafo recuerda la victoria sobre los amorreos, narrada en Números (21,21-31), y la ocupación de sus territorios entre los ríos Arnón —que desemboca en la zona media del Mar Muerto— y el Yaboc, afluente del Jordán. Galaad (v. 36) puede indicar la zona que comprende la cuenca del río Yaboc con sus montes. A lo largo del relato se insiste en el papel fundamental del Señor en la victoria, subrayando de esta manera la providencia especialísima de Dios con el pueblo elegido.
Es característico del modo de expresarse del Antiguo Testamento el atribuir a Dios no sólo los bienes que Él hace o quiere expresamente, sino también los males que permite, al respetar la libertad de los hombres: en este sentido hay que entender el endurecimiento de corazón de Sijón (v. 30).
La costumbre del anatema (el jérem de los judíos), frecuente en los pueblos del antiguo Oriente, llevaba consigo la destrucción total del enemigo y de todos sus bienes, si bien admitía diversos grados: aquí los israelitas se reservan los ganados y el botín (vv. 34-35). Esta antigua institución de guerra, que para nuestra mentalidad resulta feroz e inhumana, en el caso del pueblo de Israel tenía también un motivo religioso: la necesidad de preservarse del peligro de la idolatría, al que tan inclinados estaban en sus primeros tiempos.