COMENTARIO
La «primera tabla» de los mandamientos «exige reconocer a Dios como Señor único y absoluto, y darle culto solamente a Él porque es infinitamente santo (cfr Ex 20,2-11 [Dt 5,6-15]). Reconocer al Señor como Dios es el núcleo fundamental, el corazón de la Ley, del que derivan y al que se ordenan los preceptos particulares. Mediante la moral de los mandamientos se manifiesta la pertenencia del pueblo de Israel al Señor (…). Éste es el testimonio de la Sagrada Escritura, cuyas páginas están penetradas por la viva percepción de la absoluta santidad de Dios: “Santo, santo, santo, Señor de los ejércitos” (Is 6,3)» (S. Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 11).
Orígenes señala que, como había habido, en castigo del pecado, paso del paraíso de la libertad a la servidumbre de este mundo, por eso, la primera fase del Decálogo, primera palabra de los mandamientos de Dios, se refiere a la libertad: «Yo soy el Señor tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre» (Ex 20,2; Dt 5.6) (cfr Homiliae in Exodum 8,1).