COMENTARIO

 Dt 5,17 

La vida es el bien más elemental que debe respetarse en el prójimo. El quinto mandamiento implica la dignidad del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios. Por tanto, el crimen tiene algo de atentado contra lo divino, olvidando que sólo Dios es el Señor de la vida y de la muerte. Ya en los primeros capítulos del Génesis Dios reprueba duramente el homicidio de Abel por parte de Caín (Gn 4,8-15), y en Gn 9,6 añade: «Quien derrame sangre humana, su sangre será derramada por hombre; porque a imagen de Dios fue hecho el hombre». Jesús, en el Discurso de la Montaña, perfeccionó el sentido de este precepto —no limitado al simple acto de matar—, enseñando la perversidad de toda acción, palabra o pensamiento injustos contra los otros; además, señaló los deberes que lleva consigo la caridad, que llegan hasta el amor a los enemigos (cfr Mt 5,21-26.43-48). Jesucristo sitúa así las relaciones entre los hombres en un nivel superior al vigente hasta entonces: transcendiendo las relaciones ya muy altas entre personas, alcanza nada menos que a las existentes entre los hijos del mismo y único Padre celestial.

En nuestra sociedad, la Iglesia ha tenido que denunciar con frecuencia la maldad de tantos crímenes contra la vida, como «homicidios de cualquier clase, genocidios, aborto, eutanasia y el mismo suicidio deliberado» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 27). «Es necesario reafirmar con toda firmeza que nada ni nadie puede autorizar la muerte de un ser humano inocente, sea feto o embrión, niño o adulto, anciano, enfermo incurable o agonizante. Nadie además puede pedir este gesto homicida para sí mismo o para otros confiados a su responsabilidad (…). Ninguna autoridad puede legítimamente imponerlo ni permitirlo. Se trata en efecto de una violación de la ley divina, de una ofensa a la dignidad de la persona humana, de un crimen contra la vida, de un atentado contra la humanidad» (Congregación para la Doctrina de la Fe, Iura et bona 2).

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