COMENTARIO

 Dt 6,20-25 

El pasaje muestra la importancia de la tradición entre los hebreos: aunque tuvieran la Torah o Ley escrita, la base de la educación, incluida la religiosa, era la enseñanza oral, transmitida de generación en generación.

En la respuesta que el padre da al hijo está la razón profunda de la Ley del Antiguo Testamento: Dios, que liberó a Israel de la esclavitud de Egipto, con enorme poder y con prodigios, le ha dado la Ley que deberá cumplir. Así como la intervención divina en la Historia de Israel ha sido para salvarlo, así también la Ley que le da tiene un carácter y un valor eminentemente salvíficos.

«El mandamiento, como menciona San Juan Pablo II, se vincula a una promesa: en la Antigua Alianza el objeto de la Promesa era la posesión de la tierra en la que el pueblo gozaría de una existencia libre y según justicia (cfr Dt 6,20-25); en la Nueva Alianza el objeto de la promesa es el “reino de los cielos”, tal como lo afirma Jesús al comienzo del “Sermón de la Montaña” —discurso que contiene la formulación más amplia y completa de la Ley Nueva (cfr Mt 5-7)—, en clara conexión con el Decálogo entregado por Dios a Moisés en el monte Sinaí. A esta misma realidad del Reino se refiere la expresión “vida eterna”, que es participación en la misma vida de Dios; aquélla se realiza en toda su perfección sólo después de la muerte, pero, desde la fe, se convierte ya desde ahora en luz de la verdad, fuente de sentido para la vida, incipiente participación de una plenitud en el seguimiento de Cristo» (Veritatis splendor, n. 12).

La estampa, llena de ternura, del hijo preguntando a su padre por los fundamentos de su fe es de perenne validez. Y recuerda la gran responsabilidad de los padres en la educación religiosa de los hijos. A este respecto San Juan Pablo II dirá: «Los padres, mediante el testimonio de su vida, son los primeros mensajeros del Evangelio ante los hijos. Es más, rezando con los hijos, dedicándose con ellos a la lectura de la Palabra de Dios e introduciéndolos en la intimidad del Cuerpo —eucarístico y eclesial— de Cristo mediante la iniciación cristiana, llegan a ser plenamente padres, engendradores no sólo de la vida corporal, sino también de aquella que, mediante la renovación del Espíritu, brota de la Cruz y resurrección de Cristo» (Familiaris consortio, n. 39).

El concepto de justicia (v. 25) en la Sagrada Escritura es esencialmente religioso. Justo es el que vive de acuerdo con la voluntad de Dios, con sus mandamientos. La justicia en la Biblia equivale normalmente a lo que hoy llamamos santidad (cfr nota a Mt 3,15).

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