COMENTARIO

 Dt 7,6-16 

Puede decirse que Dt 7,6-7 es el texto clásico de la revelación del Antiguo Testamento acerca de la singular elección de Israel. Tal elección, y el amor del Señor que esa elección pone de manifiesto, son temas fundamentales del Deuteronomio, sobre los cuales insiste el texto sagrado (cfr, p.ej., 4,20.34; 9,5). Dios escoge antes, con independencia del poder o de los méritos del pueblo o de los hombres. El único motivo para explicar su elección es el puro amor, y —en el caso de los israelitas— la fidelidad a las promesas hechas a sus antepasados (cfr nota a Ex 1,8-14). La conciencia de esta elección y posesión especial de Dios correrá a lo largo de la Historia Sagrada. El Nuevo Testamento seguirá manteniendo ese privilegio de Israel: Jn 1,11 —«vino a los suyos»— ha de interpretarse, en primer lugar, como la venida especial del Verbo a su pueblo Israel; en segunda instancia se extiende a toda la humanidad. Lo mismo ha de decirse de Rm 9,4-5: «Que son israelitas, de quienes es la adopción de hijos y la gloria y la Alianza y la Ley y el culto y las Promesas; de ellos son los patriarcas y de ellos según la carne desciende Cristo».

En los vv. 7-8 se da la explicación teológica de la elección: puro amor gratuito de predilección por parte de Dios; ello implica la libertad trascendente de Dios. Dios es libre de elegir a quien quiere para la misión que se ha propuesto, y nadie es previamente merecedor de especial elección divina.

Lo que sucede en el pueblo de Israel, tomado colectivamente, se cumple también en la elección que Dios hace de las personas singulares. En el Nuevo Testamento, en lo referente a los Apóstoles «llamó a los que él quiso» (Mc 3,13); y es particularmente significativo el caso de San Pablo, llamado por Jesús cuando era «blasfemo, perseguidor e insolente» (1 Tm 1,13). «La vocación es lo primero, recuerda San Josemaría Escrivá; Dios nos ama antes de que sepamos dirigirnos a Él, y pone en nosotros el amor con el que podemos corresponderle. (…) No espera que vayamos a Él; se anticipa, con muestras inequívocas de paternal cariño» (Es Cristo que pasa, n. 33).

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