COMENTARIO
Se toca aquí un punto muy importante para el comportamiento humano: Dios Remunerador, que premia a los buenos y castiga a los malos. La experiencia cotidiana parece no ser siempre coherente con este principio, ya que se ve triunfar a hombres malvados, mientras que hay otros justos que son maltratados y despreciados. En todos los tiempos, el hombre se ha planteado cómo hacer compatibles la justicia de Dios con esos hechos.
El profeta Jeremías preguntará al Señor: «Por qué es próspero el camino de los impíos y son afortunados los perdidos y los malvados» (Jr 12,1-2). En términos semejantes se expresan bastantes Salmos (cfr Sal 37; 38; 29; 49; 73; 92). Pero es el libro de Job el que se plantea la cuestión en todo su dramatismo. La solución va siendo apuntada en los libros sapienciales del Antiguo Testamento, pero no será resuelta en toda su profundidad hasta la plenitud de la Revelación en el Nuevo Testamento. A lo largo de éste se presenta el premio o castigo no como cálculo material entre las acciones y su inmediata recompensa, ya en este mundo, sino como el premio o castigo global de la conducta de cada hombre y mujer en la otra vida. Aquí, en esta tierra, el triunfo de los malos es falaz y pasajero, mientras que la felicidad de los justos tendrá su plenitud en la bienaventuranza eterna. Mientras ésta llega, los justos sufren frecuentemente contradicciones y dolores como medio de purificación de sus vidas y aumento de las gracias divinas.