COMENTARIO
La fidelidad a la Alianza lleva consigo no sólo la conquista de la tierra prometida, sino la fecundidad de ese país, cuidado por el mismo Dios (v. 12) con el envío de las lluvias oportunas. Tras los años de peregrinación por el desierto, y el recuerdo de la dureza de los trabajos agrícolas en Egipto, estas promesas de las lluvias debían de resultar especialmente consoladoras y sugerentes para los israelitas. La sequía (vv. 16-17), en ocasiones terrible —como la acaecida en tiempos del profeta Elías (cfr 1 R 17-18)—, será entendida como uno de los castigos por las infidelidades de Israel (Jr 14,1-6).
El territorio israelita no alcanzará nunca las fronteras que aquí se señalan (v. 24). San Jerónimo, dirigiéndose figuradamente a Israel, recuerda que «toda esta tierra te fue prometida, pero no dada, a condición de que observases los mandamientos de Dios y caminaras en sus preceptos, si en lugar del Dios omnipotente no adorabas a los Beelphegor y Baales, Beelzebub y Camós. Mas por haberlos preferido a Dios, perdiste todo lo que te fue prometido» (Epistulae 129,5).