COMENTARIO

 Dt 12,1-31 

La tierra de promisión es tema relevante en el Deuteronomio: es consecuencia de la elección y base para el cumplimiento de la Ley. En 12,1 la tierra y la ley están puestas en conexión. Pero la idea aparece en otros muchos pasajes: p.ej., 6,10-13; 8,7-18; 11,10-12; 16,1-16; 26,1-15; etc.

La legislación sagrada señala algunas medidas destinadas a asegurar el monoteísmo de Israel y el culto debido al Señor: la destrucción de todo lo relacionado con los lugares donde se daba culto a otros dioses (vv. 2-3; cfr 7,5.25), y, sobre todo, la ley del Santuario único (vv. 4-28), tema característico en la legislación deuteronomista.

«El lugar que escoja el Señor» (cfr v. 5). En ese lugar Dios pondrá su Nombre, es decir, habitará en él, será la morada del Señor por excelencia. Allí deberán acudir los israelitas a ofrecer sus sacrificios y celebrar sus banquetes sagrados, con ocasión de las fiestas (cfr cap. 16). A partir de Salomón (970-930 a.C.), con la construcción del Templo de Jerusalén, el culto se centralizó en este lugar. Sin embargo, la unificación de ese culto no se consiguió de hecho hasta la reforma de Josías (622 a.C.). En la Nueva Alianza, con la institución de la Eucaristía, Dios no se limita a habitar en un solo templo. Por el milagro eucarístico se encuentra realmente presente en todos los sagrarios del mundo.

El aparente contraste de esta ley con otras indicaciones de la Ley de Moisés (cfr Ex 20,22-26; Lv 17,1-7), así como su descuido durante siglos, inclina a considerar este pasaje como una glosa, destinada a respaldar la reforma religiosa centrada en la unicidad del Templo como lugar único de culto. El largo texto que sigue (caps. 12-26) parece reunir, con un esquema difícil de encontrar, unos conjuntos legales de procedencias diversas. Véase la estructura del Código Deuteronómico que hemos propuesto al final de la nota anterior. Es posible que algunas leyes tuvieran su origen en las tribus del norte, y que pasaran a Judá tras la caída del Reino del Norte a manos de los asirios (721 a.C.).

Los versículos finales del capítulo (vv. 29-31) salen al paso de una idea común entre pueblos paganos de aquella época: no podía descuidarse el culto a las divinidades del lugar al que se llegaba —ya se entrara como invasor, o como vencido y deportado— para no irritarlas. No será así en el caso de Israel: el Señor es el único Dios, y los israelitas no deben preocuparse para nada de otros dioses.

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