COMENTARIO

 Dt 12,20-25 

Constituyen una explicación ampliada de los vv. 15-16. En el Levítico (17,1-9) se establecía el carácter sagrado que debía tener toda matanza de animales, ya que debía hacerse ante la morada del Señor: posiblemente era un modo de evitar que esos sacrificios efectuados en otros lugares dieran ocasión a cultos idolátricos. Esta disposición parece derogarse una vez que se formaliza el culto en un solo lugar, de forma que ya no será necesario —ni posible, por las distancias— llevar al Templo los animales que deban matarse para alimento. La mención de la gacela y el ciervo (vv. 15.22) —animales puros, que podían comerse, pero no se ofrecían a Dios— sirve para destacar la diferencia entre los sacrificios sagrados y la muerte del animal como simple alimento: en este caso podrán comerlos también quienes tengan alguna impureza, mientras que para los participantes en los banquetes sagrados se requería pureza legal (cfr Lv 7,19-21).

Entre aquellos pueblos existía la firme convicción de que la sangre era la sede y el principio de la vida. De ahí la insistencia en la prohibición de comerla (vv. 16.23-25; cfr Lv 17,14): la vida pertenece a Dios, y Él es el único que puede disponer de ella. Esta idea estaba tan firmemente arraigada entre los israelitas, que el Concilio de Jerusalén (hacia el año 49 d.C.) indica a los cristianos procedentes del paganismo que se abstengan de la sangre, para evitar el escándalo de los judíos cristianos (cfr Hch 15,27-29).

Volver a Dt 12,20-25