COMENTARIO

 Dt 15,1-11 

Se señalan dos medidas más, orientadas al alivio y cuidado de los más necesitados: la remisión de las deudas y la liberación de los esclavos. De suyo, la remisión de la deuda cada siete años implicaba la mitigación de la esclavitud (vv. 12-17).

La institución del año sabático es tratada en otros lugares del Pentateuco (Ex 23,10-12; Lv 25,1-7.20-22) y prescribe el descanso de las tierras cada siete años. Ahora se indica también para ese año la remisión de las deudas. No está del todo claro el alcance de esta ley: si lleva consigo la condonación total por parte del acreedor, o si se trata simplemente de no exigir su pago, o prescindir de los intereses, durante el año sabático. Las exhortaciones de los vv. 9-10 parecen indicar más bien que se trata de una remisión total, lo cual subraya el valor humanitario de estos preceptos; pero los abusos a que podía llevar por parte de los deudores hacen que, en la práctica, la ejecución de esa medida fuera compleja. Las quejas contra la usura en la época de Nehemías (siglo V a.C.) llevan a pensar que esta ley había caído en el olvido (cfr Ne 5,1-13).

Las consideraciones, a primera vista contradictorias, sobre la existencia o no de pobres en Israel en los vv. 4,7 y 11, pueden explicarse si los vv. 4-5 se entienden como la situación ideal a la que podría llegarse si vivieran en plenitud la fidelidad a los mandamientos de Yahwéh. El hecho, sin embargo, es que existen esos pobres. Ante tal realidad acusadora, el fiel debe tomar conciencia de su deber de atender al menesteroso. Ésta es una conquista social y humanitaria de la legislación del Antiguo Testamento respecto de las leyes coetáneas de los pueblos de la cuenca mesopotámica. Es también un legado y enseñanza para todos los tiempos.

La conmovedora exhortación a la generosidad con el hermano necesitado (vv. 7-8) encuentra eco en diversos pasajes del Nuevo Testamento (cfr, p.ej., 2 Co 8-9; St 2,15-16; 1 Jn 3,17). «Practicad la misericordia terrena —exhortaba San Cesáreo de Arlés— y recibiréis la misericordia celestial. El pobre te pide, y tú pides a Dios: aquél un bocado, tú la vida eterna. Da al indigente y merecerás recibir de Cristo; escúchale decir: “Dad y se os dará” (Lc 6,38)» (Sermones 25,1).

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