COMENTARIO
La ofrenda de los primogénitos de animales es uno de los sacrificios más antiguos de que tenemos noticia; indica la profunda convicción de que Dios es quien da la fecundidad y la fertilidad. Para los israelitas significaba además el recuerdo de su milagrosa liberación de Egipto, con la muerte de los primogénitos egipcios. En Ex 22,29 se indicaba que debía hacerse al octavo día, cosa fácil de cumplir durante la peregrinación por el desierto; ahora, considerando el establecimiento en Canaán y el Santuario único (v. 20), era lógico ampliar el plazo a un año. La donación de estos primogénitos a los sacerdotes (cfr Nm 18,15-18) presenta otro matiz legislativo.
La indicación de no ofrecer a Dios los primogénitos defectuosos (vv. 21-23) viene exigida por la reverencia y respeto que se le debe, y recuerda la necesidad de darle siempre lo mejor, sin cicatería ni mezquindad. Aplicando esta enseñanza a la vida ordinaria, recuerda San Josemaría Escrivá: «No se puede santificar un trabajo que humanamente sea una chapuza, porque no debemos ofrecer a Dios tareas mal hechas» (Surco, n. 493).