COMENTARIO
La Pascua era la fiesta principal de los judíos, instituida en recuerdo de la liberación de Egipto tras el paso del Angel del Señor exterminando a los primogénitos de los egipcios (véase Ex 12,1-13,16 y notas a esos textos). Se celebraba en el «mes de Abib», mes de la primavera o de las espigas, no sólo porque corresponde al tiempo en que éstas comienzan a granar sino porque, según las tradiciones antiguas, coincidía con el éxodo de Egipto; posteriormente se le llamará mes de Nisán, que coincide más o menos con el nuestro de Abril. La Pascua se regula aquí unida a la fiesta de los Ácimos, que debía celebrarse durante los siete días siguientes, en los que el pan debía comerse sin fermentar. Se le llama «pan de aflicción» (v. 3) en recuerdo de la salida precipitada de Egipto la noche de la liberación, sin tiempo para que fermentara la masa (cfr Ex 12,34).
En la época de Jesús, el sacrificio del animal se hacía en el Templo, pero la cena pascual se celebraba en las casas (cfr Mc 14,12ss.).
Será la cena pascual el momento elegido por Jesucristo para instituir la Eucaristía, el sacrificio de la Nueva Alianza que sustituirá a los del Antiguo Testamento (cfr Lc 22,14-20). La víctima pascual, cuya sangre libró de la muerte a los primogénitos de los israelitas en Egipto (cfr Ex 12,7-13), es promesa y figura del Sacrificio de Jesús en el Calvario para la salvación de todos los hombres: Cristo, «nuestro Cordero pascual, fue inmolado» (1 Co 5,7). El obispo Melitón de Sardes (s. II) enseñaba: «El sacrificio de la oveja, el rito de la Pascua y la letra de la Ley han culminado en Cristo Jesús, por quien todo acontecía en la Ley antigua, y más aún en la nueva economía. En efecto, la Ley se ha convertido en la Palabra, y lo antiguo en nuevo —ambos salieron de Sión y de Jesucristo—, y el mandamiento en gracia, y la figura en realidad, y el cordero en Hijo, y la oveja en hombre, y el hombre en Dios» (De Pascha 6-7).