COMENTARIO
Se establecen algunas normas sobre la monarquía en Israel. Las indicaciones hacen referencia a los peligros que los deseos de emular el poderío militar —basado principalmente en la caballería—, el lujo y las riquezas de otras cortes orientales, pueden traer sobre el rey: la infidelidad al Señor y el despotismo sobre sus hermanos.
Las atribuciones del rey aparecen aquí más reducidas que las que de hecho generalmente tuvo.
«Copia de esta ley» (v. 18). La traducción griega que hacen los LXX (siglo II a.C.) de este pasaje —deuteronómion, con el sentido de recapitulación de la ley, o segunda ley—, pasó literalmente a la traducción latina de la Vulgata, y ha dado nombre a este libro, entregado como «Segunda Ley» a los levitas (cfr 31,9.26). La Neovulgata ha preferido utilizar la expresión exemplar legis, «copia de la ley» (véase la Introducción).
La exhortación a la lectura de esta ley «todos los días de su vida» (v. 19) recuerda la importancia de conocer bien la Sagrada Escritura para poder vivir de acuerdo con ella. Tal lectura de la Torah se extenderá, en el judaísmo posterior, a todos los israelitas, quienes deberán leerla y estudiarla, al menos los sábados.
En el cristianismo, ya desde los primeros siglos, la lectura de la Sagrada Escritura ocupó un puesto prominente en la formación de los pastores y de los fieles. Por ejemplo, San Jerónimo exhortaba al presbítero Nepociano: «Lee frecuentemente las Divinas Escrituras; es más, nunca las dejes de la mano» (Epistulae 52,7). Y en el Prólogo al Commentarium in Isaiam escribía: «Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo».
El Concilio Vaticano II anima a todos los fieles a acercarse gustosamente al texto sagrado «ya por la sagrada liturgia, llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios que, con la aprobación o el cuidado de los pastores de la Iglesia, se difunden ahora laudablemente por todas partes» (Dei Verbum, n. 25).