COMENTARIO
Una vez señaladas las normas dirigidas a asegurar la vida religiosa y la organización teocrática de Israel, comienza a partir de este capítulo —y hasta el final del segundo discurso (26,19)— un conjunto de leyes y ordenanzas variadas, dirigidas a defender derechos del individuo, de la familia y de la sociedad.
En este capítulo se legisla sobre las ciudades de refugio —de las que se habla ampliamente en Nm 35,9-34 (cfr la nota correspondiente; ver también Ex 21,12-14 y Dt 4,41-43)— y sobre los límites de las propiedades y la validez de los testigos. A propósito de este tema, el v. 15 será recordado en el Nuevo Testamento (cfr, p.ej., Jn 8,17-18; 1 Tm 5,19). En el trasfondo de esta legislación está no sólo la concepción del valor sagrado de la vida, sino también de la tierra. La sangre inocente derramada clama al cielo, pero también el cambio fraudulento de los mojones y lindes es un atentado contra la distribución de la tierra, hecha por el mismo Dios.
La ley del talión (v. 21) —expuesta también en varios lugares del Pentateuco (cfr Ex 21,23-25; Lv 24,17-23)— aparece en otras legislaciones orientales antiguas; así, el Código de Hammurabi (hacia el 1.700 a.C.) la conoce, aunque no la formula estrictamente, y se basa en ella para tipificar una casuística dura (cfr, p.ej., arts. 196,197, 200). Aunque resulte extraño para nuestra mentalidad, la ley del talión suponía un gran avance jurídico y moral. Estaba destinada a atemperar el afán de venganza —que afligía a las antiguas tribus del desierto, con matanzas interminables (cfr, p.ej., Gn 4,23)—, estableciendo cuál debía ser la medida del castigo: en este pasaje del Deuteronomio, en concreto, se refiere a las sentencias judiciales. En el Nuevo Testamento, el Señor establecerá otras medidas en las relaciones entre los hombres, al enseñar la importancia del perdón y la caridad que deben impregnar siempre la justicia (cfr Mt 5,38-42). La ley del perdón promulgada por Cristo es un reflejo de la actitud de Dios hacia el hombre, que éste debe extender a sus semejantes; constituye parte fundamental de la oración del Padrenuestro.