COMENTARIO

 Dt 21,1-23 

El núcleo principal del capítulo lo componen algunas leyes relativas a la familia (vv. 10-21); en capítulos sucesivos irán apareciendo otras. La primera de todas (vv. 10-14) —que quizá conectaría mejor adelantándola al cap. 20, en relación con las leyes de guerra— se refiere al matrimonio con una cautiva de guerra: es de suponer que no será cananea, ya que casarse con ellas ha sido antes rigurosamente prohibido (cfr 7,1-6). Los ritos señalados en los vv. 12-13 parecen referirse al abandono de su nación de origen y la incorporación a Israel. Una vez más se pone de manifiesto el carácter humanitario del Deuteronomio, previniendo los posibles abusos de los vencedores (cfr v. 14).

La purificación prescrita para un muerto de asesino desconocido (vv. 1-9) se explica teniendo presente que la sangre derramada clama venganza (cfr Gn 4,10): no pudiendo expiar con la sangre del criminal, se sustituye por la de la ternera, para que Israel quede purificado del crimen ante Dios. También en esta ley se proyecta la concepción de que tanto el pueblo elegido como su tierra no deben perder el carácter sagrado que deriva de su especial pertenencia a Dios. De ahí la necesidad de purificación en cualquier caso en que se haya producido un pecado grave.

La ley que prohibía que el cadáver del ajusticiado pasase la noche colgado del madero (vv. 22-23) es, probablemente, tenida en cuenta por los judíos cuando piden a Pilato que quiebren las piernas de Jesús en la Cruz, para acelerar su muerte y poderlo enterrar antes del anochecer (Jn 19,31); de no ser así, posiblemente pensaban que quedaría en impureza legal la ciudad, lo que impediría la celebración de la Pascua. San Pablo acomodará este pasaje al Señor colgado en la Cruz (cfr Ga 3,13-14): cargando sobre sí, en lugar de los hombres, la maldición de la Ley consiguió para nosotros la salvación.

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