COMENTARIO
Concluye la parte fundamental del segundo discurso de Moisés (caps. 5-26) con una nueva y solemne proclamación de la Alianza entre el Señor y su pueblo, mediante la cual se han establecido las bases de la singular relación mutua. Israel es el pueblo–propiedad de Dios, elegido por Él entre todas las naciones. Y el Señor es, a su vez, el Dios y Señor de Israel, a quien se ha comprometido solemnemente proteger.
Los vv. 17 y 18 comienzan con unas frases ya acuñadas en los contratos y alianzas: un contrayente hace al otro declarar o testimoniar algo. El pasaje adquiere así una belleza y fuerza extraordinarias: Israel, mediante la fórmula de la Alianza, hace que el Señor se comprometa a ser su Dios y protector, mientras el Señor hace testimoniar a Israel que será fiel a sus mandamientos. La fórmula de la Alianza es cantada en otros pasajes del Antiguo Testamento. Así, en imágenes amorosas, Os 2,25 expresa el diálogo de Dios e Israel: «Tú eres mi pueblo. —Tú eres mi Dios».
Dios, al tratar al hombre de este modo, se muestra a la vez cercano y transcendente. El compromiso de la Alianza mutua de Dios y el hombre no deberá ser considerado como una simple acción pasada y puntual, sino con vigencia siempre actual, siempre renovada: cada día es para el hombre —y máxime para el cristiano— una renovación de la Alianza, un nuevo comienzo (cfr Is 43,19). «¡Comprometido!, escribe San Josemaría Escrivá, ¡Cómo me gusta esta palabra! —Los hijos de Dios nos obligamos —libremente— a vivir dedicados al Señor, con el empeño de que Él domine, de modo soberano y completo, en nuestras vidas» (Forja, n. 855).
En cuanto a la estructura actual del Deuteronomio, los vv. 16-19, al mismo tiempo que recapitulan el segundo discurso de Moisés, preparan el cap. 28, final de ese discurso, constituido por las «Bendiciones y Maldiciones» que quieren exhortar a la fidelidad de Israel a la Alianza contraída con el Señor.