COMENTARIO
Este capítulo parece estar integrado por unos complementos, entre los caps. 26 y 28. Pueden distinguirse tres tradiciones diversas: la primera (vv. 1-8) y la tercera (vv. 11-26) regulan actos de culto que parece que hay que relacionar con el santuario de Siquem, donde se renovó quizá varias veces la Alianza (cfr Jos 24). La segunda parte (vv. 9-10) podría estar conectada con el final del cap. 26. Muy complicado parece, pues, el proceso de composición literaria hasta llegar al texto conservado. En cualquier caso, en este capítulo se explicita la sucinta indicación de 11,29-30, sobre la ceremonia de bendición y maldición. El libro de Josué da cuenta de su cumplimiento (cfr 8,30-35). Estas impresionantes celebraciones suponen la aceptación solemne por parte del pueblo de Israel de la Alianza de Yahwéh.
Sobre el desarrollo de la ceremonia, Eusebio de Cesarea y San Jerónimo, buenos conocedores de la topografía de la región, ya comentaron que las cimas del Ebal y del Garizim están demasiado distantes como para poder oírse los dos grupos entre sí. Algunos autores solucionan esta dificultad sugiriendo que se distribuirían por las laderas de su monte respectivo: serían como dos anfiteatros orientados hacia el estrecho valle que los separa, donde estarían el Arca y los levitas, encargados de formular las bendiciones y las maldiciones.
No se indica el criterio de la distribución de las tribus en los montes (vv. 12-13). Puede señalarse que en el Ebal —situado más al norte— predominan las tribus que ocuparán la parte septentrional de Palestina; en el Garizim, las de la zona sur. También puede advertirse que en el monte de las bendiciones se colocan los hijos de las dos esposas legítimas de Jacob —Lía y Raquel—; en el otro están los cuatro hijos de sus esclavas, más Rubén —quizá por su mal comportamiento (cfr Gn 35,21-22; 49,4)— y Zabulón, el último de los hijos de Lía.
En el capítulo se recoge únicamente el texto de las maldiciones (vv. 15-26). Las bendiciones son expresadas a continuación, en 28,1-14.