COMENTARIO

 Dt 28,45-68 

El cambio de estilo literario, las referencias a la invasión por parte de una nación extranjera, y las semejanzas con los profetas de los siglos VIII y VII (cfr, p.ej., Os 8-9), han inclinado a considerar estos versículos como un añadido de algún escritor posterior. La descripción del pueblo invasor puede aplicarse tanto a los asirios —conquistadores del Reino del Norte o de Samaría (721 a.C.)— como a los babilonios —que conquistan el Reino de Judá y destruyen Jerusalén (587 a.C.)—; en ambos casos, buena parte de los israelitas supervivientes fueron llevados al exilio.

El contraste entre la alegría de servir a Dios y la desgracia de servir a sus enemigos (vv. 47-48) sigue siendo una experiencia universal. Cuando se rechaza el yugo suave y ligero del Señor (cfr Mt 11,28-30), se acaba bajo el «yugo de hierro» de las propias miserias. «Esclavitud por esclavitud, explicaba San Josemaría Escrivá —si, de todos modos, hemos de servir, pues, admitiéndolo o no, ésa es la condición humana—, nada hay mejor que saberse, por Amor, esclavos de Dios. Porque en ese momento perdemos la situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos» (Amigos de Dios, n. 35).

El espeluznante cuadro de la situación de los asediados (vv. 53-57) se cumple en la historia de Israel durante el sitio de Samaría (2 R 6,26-29). En el libro de las Lamentaciones se describen situaciones similares en Jerusalén (cfr, p.ej., Lm 2,20; 4,1-10).

El retorno forzado a Egipto (v. 68) supone el culmen de todas esas amenazas. La vuelta al país donde habían vivido en esclavitud supone la inutilidad de todos los sufrimientos del éxodo y de la conquista de la tierra prometida, en una palabra, la frustración; y en una situación peor todavía que la primera: antes al menos eran esclavos, lo cual podía asegurarles el sustento; ahora ni siquiera serán aceptados como esclavos, con lo que su miseria será total. Y, lo que es más importante, la vuelta a Egipto equivale a la derogación de todas las acciones salvíficas que el Señor ha llevado a cabo.

Puesto que el Antiguo Testamento es en su conjunto una figura y anticipo del Nuevo, se debe tener presente que sus vaticinios son también aplicables de alguna manera al pueblo surgido de la Nueva Alianza en Jesucristo. Es más, los cristianos, que hemos sido favorecidos con infinitas muestras de amor y de perdón divinos, también hemos de pensar en las consecuencias de nuestras infidelidades al amor de Dios.

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