COMENTARIO
Recuerda nuevamente la especialísima protección que el Señor ha dispensado al pueblo durante el éxodo: sin embargo, ellos no han sido capaces de entender esas intervenciones salvadoras de Dios y de serle fieles (v. 3). La dureza de corazón de los israelitas no puede achacarse a Dios —aunque en el modo de expresarse del Antiguo Testamento se le atribuya a Él—; ellos son completamente libres para elegir entre el bien y el mal (cfr 30,15-20), y su cerrazón es consecuencia de sus malas disposiciones. San Agustín comenta a este propósito que Moisés no les echaría en cara su dureza de corazón si estuvieran exentos de culpa (cfr Quaestionum in Heptateuchum 5,50).
El v. 3, junto con Is 29,10, es citado por San Pablo en Rm 11,8. El Apóstol interpreta como proféticos ambos textos del Antiguo Testamento y los aduce como apoyo de su reproche al endurecimiento de buena parte de Israel ante la venida del Mesías.