COMENTARIO
Se pone de manifiesto la fidelidad de Dios a su palabra: aun cuando las transgresiones de la Alianza por parte de Israel lleguen a provocar el castigo extremo del destierro, si se arrepienten, el Señor les perdonará y les hará tornar de nuevo. Es más, volverá a gozarse con ellos, como con sus antepasados (v. 9); el pasaje recuerda el perdón y la alegría del padre de la parábola ante la conversión del hijo pródigo (cfr Lc 15,20-24). El autor sagrado juega con el término «volver», para relacionar la conversión (vuelta del pecado) con la repatriación (vuelta del destierro, del castigo).
En el Antiguo Testamento la misericordia amorosa divina, jésed, está muy relacionada con la fidelidad, émet. A su vez, la misericordia del Señor se pone en conexión con la Alianza —que es un don y una gracia para Israel—, y lleva consigo, en cierto modo, unas obligaciones legales. «Este compromiso jurídico por parte de Dios, enseña San Juan Pablo II, dejaba de obligar cuando Israel infringía la alianza y no respetaba sus condiciones. Pero precisamente entonces jésed (misericordia), dejando de ser obligación jurídica, descubría su aspecto más profundo: se manifestaba lo que era al principio, es decir, como amor que da, amor más fuerte que la traición, gracia más fuerte que el pecado» (Dives in misericordia, n. 28, nota 52). La piedad cristiana invoca con frecuencia a Dios «de quien es propio tener misericordia siempre y perdonar».
«Los confines de los cielos» (v. 4). La expresión indica la concepción del universo de aquella época, según la cual, la bóveda de los cielos descansaba en sus extremos sobre la tierra.