COMENTARIO
La Ley mosaica indicaba el camino moral que se debe seguir. Era una enseñanza clara y estimulante. Pero, por sí misma, no proporcionaba al hombre la fuerza para cumplirla, fuerza que sólo da la gracia de Jesucristo. En la Carta a los Romanos (8,2-4) «el apóstol Pablo, señala San Juan Pablo II, nos introduce a considerar, en la perspectiva de la historia de la salvación que se cumple en Cristo, la relación entre la Ley (antigua) y la gracia (Ley nueva). Él reconoce la función pedagógica de la Ley, la cual, al permitirle al hombre pecador valorar su propia impotencia y quitarle la presunción de la autosuficiencia, lo abre a la invocación y a la acogida de la “vida en el Espíritu”. Sólo en esta vida nueva es posible practicar los mandamientos de Dios. En efecto, es por la fe en Cristo como somos hechos justos (cfr Rm 3,28): la “justicia” que la Ley exige, pero que ella no puede dar, la encuentra todo creyente manifestada y concedida por el Señor Jesús. De este modo San Agustín sintetiza admirablemente la dialéctica paulina entre ley y gracia: “Por esto, la Ley ha sido dada para que se implorase la gracia; la gracia ha sido dada para que se observase la Ley” (S. Agustín, De spiritu et littera 19,34)» (Veritatis splendor, n. 23).