COMENTARIO

 Dt 32,8-9 

El tema de la tierra dada por Dios a su pueblo aparece en estos dos versículos con tonos de gran belleza poética y reflexión sapiencial. La conciencia de que los hebreos eran el pueblo elegido y de que habían recibido la promesa de una tierra como un acto de la divina gracia, fue también un elemento vivo de su fe a lo largo de los siglos. La posesión de la tierra, sin embargo, estuvo condicionada a su comportamiento (cfr 4,1; 8,7-20): cuando los israelitas se mantuvieron fieles a la Alianza, la conservaron; cuando se apartaron de Dios, transgrediendo sus mandatos, adorando a los ídolos y dejándose llevar por prácticas religiosas de otros pueblos, el Señor los castigó expulsándolos de la tierra (cfr Jr 16,10-13; 22,26; etc.).

En la Historia Sagrada, la «tierra prometida» va adquiriendo poco a poco dimensiones que transcienden la mera significación topográfica de «tierra de Israel», hasta alcanzar el sentido de la «patria celestial», el Cielo y bienaventuranza eterna.

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