COMENTARIO

 Dt 32,15-18 

A pesar de tantos beneficios, el pueblo elegido se muestra ingrato con Dios, volviéndose a dioses extraños. El autor sagrado —aprovechando quizá la similitud de las letras consonantes— llama «Yesurún» a Israel (v. 15): es un término honorífico, que equivale a recto o justo, y que aparece sólo en otros tres lugares de la Biblia (33,5.26; Is 44,2); en el contexto de las infidelidades de Israel, designarle así constituye una amarga ironía. Las referencias a su engorde recuerdan los avisos anteriores sobre el peligro de que, en la prosperidad, los israelitas se olviden de Dios (cfr, p.ej., 31,20).

En el v. 18 se señala de nuevo la imagen del padre —«te engendró»— y de la madre —«te dio a luz»— para expresar la actitud del Señor con Israel.

La ingratitud e infidelidad del pueblo elegido es repetida por la humanidad a lo largo de la historia. Los beneficios que, con la Redención, Dios ha concedido a los hombres son inmensamente superiores a los que dio a Israel. En este sentido, enseñaba San Juan Crisóstomo hablando de los beneficios del Bautismo: «Los judíos pudieron contemplar milagros. Tú los verás también, y más grandes todavía, más fulgurantes que cuando los judíos salieron de Egipto. No viste al Faraón ahogado con sus ejércitos, pero has visto al demonio sumergido con los suyos. Los judíos traspasaron el mar, tú has traspasado la muerte. Ellos se liberaron de los egipcios, tú te has visto libre de los demonios. Ellos abandonaron la esclavitud de un bárbaro, tú la del pecado, mucho más penosa todavía» (Ad illuminandos catecheses 3,24).

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