COMENTARIO

 Dt 33,1-5 

Aparece Dios con gran majestad colocándose a la cabeza de su pueblo; para ello, desde el Sinaí (nótese que aquí no le llama Horeb), va recorriendo los diversos lugares del éxodo. El esplendor con que la protección del Señor sobre Israel es presentada recuerda otros pasajes del Antiguo Testamento, como la introducción del Canto de Débora (Jc 5,4-5), o el Salmo 68 (vv. 8-9).

La traducción de estos versículos resulta a veces muy dificultosa por las distintas posibilidades que se presentan. Esto ocurre de modo especial en los dos últimos esticos o líneas del v. 2 y en todo el v. 3, donde el texto hebreo presenta tales dificultades que las versiones —tanto antiguas como modernas— los interpretan de diversas maneras. Damos la traducción siguiendo en gran parte la Neovulgata, que nos parece más inteligible.

La Ley (v. 4) es considerada por los israelitas como el máximo don de Dios; cfr lo que escribe San Juan en el Prólogo de su Evangelio: «La Ley fue dada por Moisés; la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo» (Jn 1,17).

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