COMENTARIO
Antes de morir, Moisés contempla la tierra prometida, con sus regiones fundamentales: Transjordania, Galilea (Neftalí), Samaría (Efraím y Manasés) y Judea. En realidad, desde el Monte Nebo no se alcanza a simple vista todo el panorama que se describe: sólo Dios podía hacer ver a Moisés todas esas regiones. Soar se encontraba, posiblemente, al sureste del Mar Muerto.
«Él lo enterró» (v. 6). La construcción hebrea no permite precisar el sujeto del verbo, aunque, por el contexto, debe de referirse a Dios.
El libro del Eclesiástico traza un resumen de lo que fue la vida de este hombre de Dios (cfr Si 45,1-5).
El sabio judío Filón de Alejandría (15 a.C.-45 d.C.) hace también amplias alabanzas de sus virtudes: fue amigo y discípulo de Dios, siendo enseñado «cara a cara» por Él; fue «un hombre de Dios», capaz de realizar signos y portentos; superó a los patriarcas Abrahán, Isaac, Jacob y José en su intimidad con Dios y en la posesión de la Palabra divina, que le inspiró e informó como caudillo, legislador, profeta, taumaturgo, asceta y pensador (cfr De vita Mosis 1,80,154,158; 2,187-292; 3,1-186).
San Gregorio de Nisa, uno de los más grandes entre los Santos Padres griegos, hace un elogio de Moisés, en los siguientes términos: «Nuestro breve discurso te ha ofrecido a ti, hombre de Dios, estas cosas sobre la perfección de la vida virtuosa, presentándote la vida del gran Moisés como modelo evidente de bondad, para que cada uno de nosotros, imitando sus acciones, copie en sí mismo los rasgos de la belleza que se nos ha mostrado. Y de que Moisés ha conseguido realizar la perfección que es posible, ¿qué testimonio más digno de fe podríamos encontrar que la palabra divina, cuando le dice: «Te he conocido sobre todos los demás» (Ex 33,12.17)? También el hecho de que sea llamado amigo de Dios por el mismo Dios (cfr Ex 33,11), y el hecho de que habiendo elegido perecer junto con los demás si Dios no se aplacaba con benevolencia de aquello en que le habían ofendido, detuvo su ira contra los israelitas, al cambiar Dios mismo su propio juicio para no entristecer al amigo (cfr Ex 32,7-14). Todos estos testimonios son una clara demostración de que en la vida, Moisés alcanzó el límite más elevado de la perfección» (De vita Mosis 2,319).