COMENTARIO

 Dt 34,10 

La conversación con Dios «cara a cara» indica un trato especialmente íntimo, pero no es preciso entenderlo al pie de la letra. Las visiones que los patriarcas y profetas —Abrahán, el mismo Moisés, Elías, Isaías, etc.— tuvieron de Dios en este mundo fueron indirectas, contemplando distintas manifestaciones de la gloria divina, del resplandor de su grandeza. Estas teofanías del Antiguo Testamento serán superadas por la epifanía de Jesucristo; ninguna revelación más perfecta puede hacer Dios de Sí mismo al hombre que la Encarnación de su Verbo eterno: «A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer» (Jn 1,18).

Comparando la misión de Moisés con la de Jesús, San Cirilo de Alejandría enseñaba: «Nuestro Señor Jesucristo libró al mundo de los antiguos delitos: ya que Él es la verdad y santo por su naturaleza, que santifica a los que hayan creído por su sangre, y los constituye superiores a la muerte, y los introducirá en el mismo reino de los cielos, en la tierra verdaderamente santa y deseable, en las mansiones superiores, en la ciudad celeste, en la Iglesia de los primogénitos, cuyo artífice y creador es Dios» (Glaphyra in Deuteronomium 34,10).

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