COMENTARIO

 Jos 1,1-9 

A lo largo de la historia de la salvación, Dios se va apoyando en hombres que actúan a su servicio y en beneficio de sus hermanos. En los libros de la «historia deuteronomista» siempre aparece un personaje importante en los momentos decisivos de la vida del pueblo elegido: Josué, en su llegada a la tierra prometida; David y Salomón, en los orígenes de la monarquía; Josías, en la reforma religiosa del reino de Judá. En estos primeros versículos se presenta a Josué como sucesor legítimo de Moisés para regir los destinos del pueblo. Éste había sido el gran protagonista de la gesta del éxodo, de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. Él había sido el guía y maestro del pueblo hasta las puertas de la tierra prometida. Y aunque Moisés murió, la historia debía seguir. Así pues, el libro de Josué se abre con un discurso en el que el Señor insta al hijo de Nun a tomar el relevo de Moisés y le promete el mismo apoyo que había prestado a su predecesor. Dios permanece fiel y reclama del hombre que va a conducir a su pueblo en esta nueva etapa la misma fidelidad que había tenido antes Moisés.

El nombre de Josué, en hebreo Yehosúa, significa «el Señor salva» o «Salvador». Hace referencia a su misión: salvar al pueblo (ver nota a Nm 13,16). Este nombre, que también llevaron otros personajes en Israel (cfr Esd 3,2-8), es el mismo que tuvo Jesús (Mt 1,21), de quien Josué es figura: «¿Con cuánta más verdad entenderemos que debe ser llamado con este nombre nuestro Salvador? Porque ha traído la vida, la libertad y la eterna salvación, no a un pueblo cualquiera, sino a los hombres todos de todos los tiempos; no en verdad oprimidos por hambre o por dominio de los egipcios o babilonios, sino sentados en la sombra de la muerte y sujetos con las durísimas cadenas del pecado y del demonio; que ha adquirido para ellos el derecho y la herencia del Reino celestial; que nos ha reconciliado con Dios, su eterno Padre: en aquéllos vemos representado a Cristo nuestro Señor, que enriqueció al género humano con todos los bienes que hemos indicado» (Catecismo Romano 1,3,6). De hecho, ha sido habitual en la tradición cristiana leer el libro de Josué a la luz de la figura de Jesús. «Este libro —dirá Orígenes— no nos indica tanto las gestas de Josué, hijo de Nun, como nos dibuja los misterios de mi Señor Jesús» (Homiliae in librum Iesu Nave 1,3).

La promesa del Señor a Josué, «estaré contigo» (v. 5), fue renovada por Jesús a los que habrían de continuar su misión: «Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Esta promesa es el fundamento de la seguridad que poseen los que trabajan por Dios: «¿Acaso me apoyo en mis propias fuerzas? Tengo en mis manos su palabra escrita. Éste es mi báculo, ésta es mi seguridad, éste mi puerto tranquilo. Aunque se turbe el mundo entero, yo leo esta palabra escrita que llevo conmigo porque ella es mi muro y mi defensa. ¿Cuál es esa palabra escrita? “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”» (S. Juan Crisóstomo, Sermo antequam iret in exilium 2).

Con términos análogos a los empleados con Josué (vv. 6-7), el Señor se dirigió a San Pablo para impulsar su trabajo apostólico en Corinto: «No tengas miedo, sigue hablando y no calles, que yo estoy contigo y nadie se te acercará para hacerte daño» (Hch 18,9-10). Y en la Epístola a los Hebreos se aducen esas palabras como una invitación a confiar plenamente en Dios: «Contentaos con lo que tengáis, pues Él ha dicho: No te dejaré ni abandonaré, de modo que podamos decir confiadamente: El Señor es mi auxilio y no temeré; ¿qué podrá hacerme el hombre?» (Hb 13,5-6).

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