COMENTARIO
Esta primera parte del libro narra diversos episodios sobre el establecimiento del pueblo de Israel en la tierra de Canaán. De redacción deuteronomista en su mayor parte, utiliza elementos de origen litúrgico y relatos etiológicos, es decir, narraciones que explican el origen de nombres, costumbres o lugares.
El autor sagrado hace notar de múltiples maneras que la ocupación de Canaán es consecuencia de una donación de Dios y no el resultado de una conquista lograda gracias al ardor de sus guerreros: los exploradores descubren que la población de Jericó tiene terror de los israelitas porque saben que Dios les ha otorgado esa tierra (2,9); las aguas del Jordán se separan milagrosamente para dejar paso al pueblo (3,15-17); las murallas de Jericó se derrumban (6,20); los hijos de Israel logran conquistar la ciudad de Ay induciendo a sus habitantes a caer en una emboscada (8,18-23); una fuerte tormenta de granizo destroza los ejércitos de los reyes que habitaban en la región central y meridional (10,11); y con la ayuda del Señor las tropas de Josué sorprenden junto a las aguas de Merom a las tropas de los reyes del norte, desjarretan sus caballos y prenden fuego a sus carros (11,7-9). Con ello enseña que mientras Israel cumple fielmente las instrucciones del Señor, sus enemigos no le pueden resistir. La única ocasión en que fueron derrotados fue debido a la prevaricación de Acán, que no había respetado las normas del anatema; pero cuando Acán fue quitado de en medio del pueblo, éste volvió a gozar del auxilio divino (7,1-26).
En la composición de esta parte del libro se recogieron antiguas tradiciones acerca del nombre y el origen de algunos lugares de particular relevancia, como las doce piedras de Guilgal (4,19-24); los montones de piedras del valle de Acor (7,26) y a la entrada de la cueva de Maquedá (10,27); o las ruinas de la ciudad de Ay (8,28). Y también otras ligadas a personas, como las que dan razón de la hospitalidad del pueblo con la familia de Rajab (6,25), o de la presencia de los gabaonitas en los oficios de leñadores y aguadores al servicio del altar del Señor (9,27).
En el corazón mismo de estos capítulos, separando los relatos de las primeras hazañas puntuales en la ocupación de la tierra (el paso del Jordán, el campamento de Guilgal, la toma de Jericó y de Ay) de los relatos de carácter más general (conquista de las regiones central y meridional, conquista de la región septentrional, y relación de monarcas vencidos), se habla de la ratificación del compromiso de Israel en cumplir la Ley que el Señor había entregado a Moisés (8,30-35). De este modo se proporciona la clave para entender el núcleo central del mensaje: cuando Israel es fiel al Señor, recibe la posesión de la tierra como una bendición divina, pero si no cumple lo dispuesto por el Señor, se hace acreedor de la maldición contenida en la Ley.