COMENTARIO

 Jos 2,1-24 

Josué es el sucesor de Moisés y sigue sus pasos. Así como Moisés cuando preparaba la entrada en la tierra prometida envió unos exploradores (cfr Nm 13,1-33), ahora también Josué envía a dos hombres para que investiguen cómo llevar a cabo las primeras conquistas en esa tierra. Los exploradores comienzan a comprobar que Dios está dejando expedito el camino a su pueblo al constatar el terror que ha invadido a los habitantes de Jericó cuando han advertido la presencia de Israel al otro lado del Jordán.

En su inspección son protegidos por Rajab, una prostituta. Cuando la mujer explica a los exploradores el motivo del temor de sus conciudadanos, muestra en sus palabras una sensibilidad religiosa —pues reconoce la grandeza del Señor (tres veces pronuncia Rajab el nombre del Señor) y su actuación en los acontecimientos del éxodo—, que tal vez no se esperara en una mujer de su clase y de su procedencia no israelita. Además, tiene muestras de piedad y fidelidad con esos forasteros, al esconderlos en su casa y no traicionarlos. Aunque es cananea, logra el compromiso de que su casa sea respetada cuando Dios entregue su ciudad a Israel. De este modo también ella alcanzó la salvación. Según afirma la Epístola de Santiago, Rajab logró la justificación gracias a su fe manifestada con palabras y obras: «El hombre queda justificado por las obras y no por la fe solamente. Del mismo modo Rajab, la meretriz, ¿no fue también justificada por las obras, cuando hospedó a los mensajeros y les hizo salir por otro camino?» (St 2,24-25).

La historia de esta mujer es prototipo de que la salvación que procede de Dios es universal. Así como Josué, respetando el compromiso de sus exploradores, salvó a Rajab (6,22-23), la salvación que nos obtuvo Jesús alcanza a todos, mujeres y hombres pecadores, con tal de que nos movamos a penitencia (Mt 21,31-32).

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