COMENTARIO

 Jos 3,1-8 

Se inician unos relatos relacionados con Guilgal, un lugar en la depresión del Jordán próximo a Jericó, donde hubo un importante santuario israelita. El Arca de la Alianza comienza a tomar protagonismo en la guía del pueblo, como lo había tenido en algunas etapas recorridas desde el Sinaí (cfr Nm 10,33-36). De este modo se insiste en que es Dios mismo quien señala a su pueblo el camino que debe seguir para ocupar la tierra.

Así como Moisés ordenó al pueblo que se purificara antes de la manifestación de Dios en el Sinaí (cfr Ex 19,14), ahora Josué le indica que se purifique antes de la grandiosa manifestación del poder de Dios que va a presenciar en el paso del río Jordán (v. 5).

Con la narración de los sucesos que siguen a continuación se cierra el relato de la peregrinación del pueblo por el desierto. Por eso ahora vuelven a aparecer los grandes acontecimientos del comienzo: cuando los israelitas eran oprimidos en Egipto, el Señor se manifestó a Moisés para que guiara a su pueblo en la liberación que iba a realizar (Ex 3,1-20); cuando éste se dirigía con su mujer e hijo a conversar con el faraón, tuvo lugar la circuncisión de su hijo (Ex 4,24-26); cuando los israelitas se disponían para la salida de Egipto, celebraron la Pascua (Ex 12,1-51); cuando pasaron el Mar Rojo, se vieron definitivamente libres de sus opresores (Ex 14,15-31) e iniciaron su marcha por el desierto donde fueron alimentados con el maná (Ex 16,1-36). Ahora esta peregrinación llega a su final y, tras pasar el Jordán (3,9-4,24) y realizar la circuncisión de los varones del pueblo (5,2-9), celebrarán la Pascua en la tierra prometida y dejarán de recibir el maná (5,10-12); finalmente Dios se manifestará a Josué al inicio de la toma de Jericó (5,13-14).

Esta narración previa a la toma de posesión de la tierra prometida no es una simple repetición de lo ocurrido en la salida de Egipto, sino la plasmación escrita de una nueva experiencia, que pone de manifiesto la continuidad de la acción de Dios entre los suyos en las nuevas circunstancias históricas. Pero al seguir las mismas pautas de la narración antigua constituye un nuevo motivo de esperanza. Así sucederá durante la cautividad de Babilonia, en donde Israel encontró en la experiencia del éxodo un refuerzo para su confianza en Dios y aliento para disponerse a regresar a la tierra de la que habían sido expulsados. Por eso también todas las generaciones de creyentes podemos alimentar nuestra esperanza en el poder salvador y liberador de Dios, que nunca abandona a los suyos, pues «la esperanza cristiana recoge y perfecciona la esperanza del pueblo elegido» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1819).

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