COMENTARIO
Desde el inicio de la conquista de la tierra prometida, el autor sagrado insiste en que los israelitas no lograron la posesión y el dominio de las ciudades por su potencial militar sino como don de Dios, que puso todo en manos de su pueblo. El comienzo del pasaje resulta paradójico: a la vez que se hace notar que «Jericó estaba completamente cerrada» (v. 1), el Señor comunica a Josué: «Pongo en tus manos Jericó» (v. 2). Como para Dios no hay nada imposible, Él entregará la ciudad a su pueblo.
Por eso, las instrucciones para la toma de la ciudad no responden a movimientos de estrategia militar, sino al deseo de subrayar el protagonismo del Señor en esa acción. Parecen más bien las disposiciones para preparar la solemne entrada en procesión del Arca de la Alianza en el recinto de la ciudad. Contienen además resonancias litúrgicas como son la preparación en seis días para culminar el séptimo, o el transporte del Arca precedida por sacerdotes que tocan las trompetas de carnero. No se trata de una acción marcial. El Señor tiene sus designios y sus modos de actuar, y el éxito de la operación dependerá de la fidelidad con que se ejecuten los planes de Dios.